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domingo, 26 de septiembre de 2010

Metanoia. Ascesis. Apatheia. Hesychía: La práctica de la vida interior es un ejercicio practicado por todo el Oriente cristiano

La práctica de la vida interior para el hombre moderno occidental, parece un lujo. Mediante esa vida interior, los monjes, anacoretas y peregrinos pueden concentrarse en su corazón y repetir sin cesar la oración de Jesús: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí", o acompañar la pronunciación del santísimo nombre del Señor con el ritmo de la respiración. 
Actualmente, el hombre, sumergido en sus intensas actividades, parece tener por misión principal el "someted y dominad la tierra"; es decir, no tanto buscar la salvación de la propia alma, la propia quietud, paz y tranquilidad, sino lanzarse, en la lucha cotidiana, a la política, a resolver los problemas sociales y económicos, a buscar el dominar las cosas, pensando así en mejorar el mundo, pero sin Dios, sin someterse a su santa voluntad.
En las veinticuatro horas, ocupado y encarcelado en los problemas diarios, no dispone de tiempo para estar consigo mismo y disfrutar de los valores espirituales. El exceso de activismo puede acarrear un suicidio personal, con muerte espiritual y luego personal.
No es suficiente hacer buenos propósitos por la mañana ni desear retirarse al desierto, a un monasterio, para estar solos, para estar con Dios. Hace falta ir más allá. La paz, la contemplación, la unión con Dios, el dominio, el silencio interior, también se pueden obtener en medio del trabajo, al lado de un hermano que no se conoce, cuando se está sentado con él, codo a codo, en un colectivo. Con esfuerzo, perseverancia y la ayuda de Dios, se puede fabricar una "celda", un lugar desértico en el propio corazón, en el centro de la ciudad bulliciosa y llena de dificultades. Retirarse en el propio corazón, viajando en tren, corriendo a tomar un colectivo, haciendo fila para trámites administrativos. Esto se puede obtener. Hay hombres que realmente "están en el mundo, pero no son del mundo". Ellos son como la levadura: activos, pero callados, silenciosos; preparan verdaderamente la transformación del mundo. Comprenden que no son ellos los que transforman el mundo, sino Cristo-Dios que habita en ellos.
 Trabajan, cumplen la voluntad de Dios y, en unión con Dios van transformando el mundo; no como aquellos que, sin Dios, piensan cambiar el mundo, desterrando la pobreza, haciendo felices a todos con promesas humanas, llenas de mentiras.
Los que trabajan unidos a Dios necesitan primero transformar su corazón, su persona; hacer la metanoia para vaciarse de sí mismos, dedicarse a la oración y la contemplación, y llenarse de las virtudes de Dios.
La práctica de la vida interior es un ejercicio practicado por todo el Oriente cristiano, y enseña el método, el ejercicio de la oración interior que está arraigada en la fe y en la unión de la amistad divina. La práctica metódica consiste en la total transformación del ser, de los pensamientos, de los sentimientos, de las palabras vacuas que han de ser llenadas con obras, conforme con las enseñanzas del santo Evangelio: "vivir el santo Evangelio".
Oración y contemplación son una sola cosa, porque Dios es el objeto principal del corazón, que "está inquieto hasta que descanse en Él". Pero antes, el hombre necesita, a causa de la naturaleza caída, la ascesis para llegar a la verdadera oración: "derrama tu sangre y recibe el espíritu".
La unión con Dios es un don gratuito, pero recíproco; Dios se dona completa y continuamente, y no se deja llevar por las especulaciones e intereses humanos. Dios lo puede todo, "pero no puede forzar al hombre a amarlo". Esto supone continua vigilancia, atención, apertura a la visita silenciosa del Señor. Dios pasa, golpea y llama a cualquier hora, y para eso hay que estar vigilantes, atentos y escucharlo.
El hombre, por su desobediencia al Creador, ha perdido la antigua amistad, las relaciones de Padre e hijo, desbaratadas a causa del pecado humano. El hombre, debido al mal uso del gran don que es la libertad, en lugar de amar a Dios, elige el propio egoísmo, cayendo en la esclavitud; en lugar de liberarse, se va esclavizando siempre más en sus propios errores, alejándose así de Dios, de la real libertad. Para recuperar la unión con Dios y reconquistar la libertad perdida, no le queda otra alternativa que renunciar al mal, y recuperar su primitivo estado de unión divina.
Así comienzan la ascesis, la salida, la búsqueda de Dios, la lucha, la educación de sí mismo, la práctica continua. El fin principal de la ascesis es la práctica de los ejercicios corporales: ayunos, vigilias, regímenes vegetarianos, continencia sexual. Son mortificaciones corporales necesarias para imponerse un control propio; es decir comenzar el camino a la conciencia de sí mismo.

La práctica de la vida interior, además, enseña otras prácticas más profundas, hasta llegar a lo hondo del ser humano, el último rincón de la personalidad . No es suficiente con las mortificaciones externas, corporales, sino que se va a lo íntimo del corazón, donde "salen los malos pensamientos"
Es urgente el control, el dominio completo de sí mismo y una unión continua de Dios. Primeramente controlar las reacciones personales, emotivas, físicas, es decir la personalidad dividida, descontrolada, para llevarla a un punto de atención, a una unidad personal. Esto se llama la apatheia: estado purificado, plenamente desapasionado, de completa y total liberación de la servidumbre de imágenes, representanciones, afectos, inquietudes, deficiencias, neurosis, que puedan transformar la tranquilidad, serenidad, paz, quietud interior y exterior.
Así se llega al segundo grado, que es la hesyquía: paz, silencio del corazón, de la mente. El silencio interior es el estado fundamental para el hombre que quiere vivir tranquilamente y realizar su vida humana y espiritual. Es una paz espiritual y corporal. No quiere decirse que haya que evitar la lucha, buscar el quietismo egoísta, despreocuparse del prójimo, sino eliminar de sí mismo la inestabilidad, la inseguridad, la angustia, la excitación, las preocupaciones que son como base de arena que hacen insegura la estabilidad del hombre.
Es un ejercicio duro para llegar a la "vigilancia y continencia". Es un ejercicio intelectual, somático, psíquico que conduce al hombre a la unidad personal, a vaciarse de sí mismo y encontrarse con la Divinidad. Aquí la práctica de la vida interior nos ofrece un ejercicio para llegar al centro del corazón, al silencio completo.
El silencio del alma es el misterio de nuestra época. El alma, al verse independiente de las ataduras mundanas, se siente libre, se abandona enteramente en Dios y llega, entonces, al pleno poder de autodeterminación, decisión, control y discreción; porque es guiada por la luz misteriosa que existe en el corazón silencioso. Es importante notar que las técnicas son necesarias para no engañarse a sí mismo con un falso misticismo, sino iniciar un verdadero proceso de atención y discreción controlado.
El ejercicio de la vida interior impone, pues, duras técnicas para no dejarnos llevar al egoísmo y a un daño interior. Se aconseja reconocerse a sí mismo: horrible, miserable, mortal, mezquino, pecador, hombre limitado, y llenarse de Dios, que es la verdadera vida para el hombre. Así comienza la metanoia: renovación completa para alejarse del yo, del mundo y buscar la vida que es Dios. 

"Deja el amor del mundo y sus dulcedumbres, como sueños de los que uno despierta; arroja tus cuidados, abandona todo pensamiento vano, renuncia a tu cuerpo. Porque vivir de la oración no significa sino enajernarse del mundo visible e invisible. ¿Qué atractivos tienen para mí los cielos?. Ninguno. ¿Y qué deseo conseguir de Ti en la tierra?. Nada. A no ser el unirme a Tí en la oración de recogimiento. Unos desean la gloria; otros las riquezas. Yo anhelo sólo a Dios y pongo en Tí solamente la esperanza de mi alma devastada por la pasión" (San Juan Clímaco).

Un primer paso para encontrar el silencio interior es liberarse de todo lo que obstaculiza la completa unión con Dios. Un segundo paso importante es el ejercicio de la vigilancia y de la perseverancia. Una vez afianzada la paz, el silencio interior, son necesarias la vigilancia y la perseverancia, porque el enemigo, la fragilidad humana, puede desistir del propósito y de los primeros resultados obtenidos. La renuncia al enemigo y la defensa de sus ataques es constante, tanto en sí mismo, como afuera. El corazón de la inestabilidad y volubilidad se convierte en una capilla del Señor, en un silencio a las cosas presentes para contemplar las cosas divinas.
La importancia de esta técnica se encuentra en la combinación del conocimiento de sí mismo, de lo psicosomático, de las actitudes humanas y espirituales, para controlarlas con la ayuda de Dios e inmediatamente descubrir en el silencio el gran amor de Dios por la persona humana, llegando así a saborear las virtudes de la libertad religiosa. El secreto de estos ejercicios es querer entrar dentro de sí con la ayuda de un experimentado (un padre espiritual), y descubrirse interiormente como uno es, ante Dios y no ante los hombres. Nada es imposible para el hombre que, en medio de tantas ocupaciones, viajes y ruidos, encuentra en el fondo de su corazón un poco de paz, silencio para orar, para unirse con Dios y liberarse de los lazos que conducen a la lenta agonía de la muerte espiritual y personal. 
Allá en el silencio de su corazón, sentirá la voz divina: "Todo me es lícito, pero no todo me conviene para la salvación". Hay que tener libertad y fidelidad amorosa hacia el Amor-Dios.

Para el ejercicio de la  vida interior, la Oración de Jesús se convierte en la práctica esencial dentro de la espiritualidad cristiana oriental, tanto para monjes como laicos. Y en la Filocalia (= amor a la virtud), coleccion de textos patrísticos, se encuentra como un programa de bienes espirituales que llevan a la práctica interior.




Extraído de la introducción del P. Luis Glinka,ofm. en "Claves para el equilibrio interior. Calixto e Ignacio", Ed. Lumen



martes, 21 de septiembre de 2010

Natividad de la Santísima Madre de Dios y Siempre Virgen María

Icono de la Natividad de la Virgen
Hoy se celebra en el oriente cristiano (8 de septiembre segun el calendario juliano), la Natividad de Nuestra Santísima Soberana, la Madre de Dios y Siempre Virgen María.

Su nacimiento se celebra en la Iglesia como un día de gozo universal. En el límite entre ambos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, acaeció el nacimiento de la Predilecta por la Divina Providencia desde antes de todas las edades, para que en ella se hiciera realidad el Misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, y fuera revelada como Madre del Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo. 

La Santísima Virgen nació en el pequeño pueblo de Nazaret, en Galilea. Los padres fueron los justos Joaquín, de la tribu del rey y profeta David, y Ana, de la tribu de Aarón. La pareja no contaba con hijos, ya que Ana sufría de esterilidad. Habiendo alcanzado una avanzada edad, Joaquín y Ana no habían perdido las esperanzas en la misericordia de Dios. Ellos tenían una fe robusta porque sabían que para Dios nada es imposible, y que Él podría solucionar la esterilidad de Ana, aún en su avanzada edad, ya que lo había hecho por Sara, esposa del patriarca Abrahán.

San Joaquín y santa Ana hicieron voto de dedicar al servicio de Dios en el Templo de Jerusalén la criatura que Él les hubiera de conceder. El Señor cumplió las esperanzas de los piadosos esposos. El Arcángel Gabriel les trajo a los esposos el gozoso anuncio: Dios había oído sus oraciones, y de ellos nacería, una hija muy bienaventurada, María, por quien habría de venir la salvación al mundo.

La Santísima Virgen María, por su propia dignidad sobrepasa no solo a todo ser humano, sino incluso a los ángeles; Ella es el Templo Viviente de Dios, tal como canta la iglesia en algunos de sus versos festivos:

“La Puerta del Cielo, que introduce a Cristo al mundo para la salvación de nuestras almas” (2da Stijira del "Señor, a ti he clamado", Tono 6º). 

El Nacimiento de la Madre de Dios marca el cambio de los tiempos, en el que las enormes y consoladoras promesas divinas comenzarían a cumplirse con respecto a la salvación de la raza humana, para librarla de la esclavitud del Diablo.Este evento ha traído sobre la Tierra la Gracia del Reino de Dios, Reino de la Verdad, piedad, virtud y Vida eterna. Nuestra Madre, Primogénita de Toda la Creación, es revelada a nosotros por la Gracia como intercesora misericordiosa y Madre, a la que acudimos con prontitud y devoción y cariño filial.


domingo, 12 de septiembre de 2010

Dimitru Staniloae: TERNURA Y SANTIDAD. Parte III: El santo triunfa sobre el tiempo precisamente por estar intensamente presente en el tiempo

El consejo del santo resulta ser una liberación; libera de esa desfiguración y de esa impotencia en la que nos encontramos, de esa desconfianza que reina en nosotros. Sentimos que lo que el santo ha recomendado es como una fuerza, como una luz que brilla segura sobre el camino de la salvación por el que hay que caminar para salvarnos de la resignación de perdernos. Por el santo nos llegan la fuerza y la luz que vienen de la fuente suprema de fuerza y de luz, y también la bondad que, como un arroyo, mana de la fuente suprema de la bondad. Tememos que el santo ponga sus ojos en nuestra alma pensando que va a descubrir una verdad que nos sería desfavorable, pero al mismo tiempo esperamos que lo haga como el que aguarda la mirada de un médico de indudable competencia y segura amistad. Él nos dará -lo sabemos- el diagnóstico y el remedio eficaces para curar de una enfermedad que vagamente intuimos que es mortal.

En su ternura, en su dulzura y en su humildad percibimos una fuerza que ningún poder terreno puede doblegar ni desposeer de su pureza, de su amor por Dios y por la humanidad, de su voluntad de darse totalmente a todos y de servirles para ayudarles a salvarse.

El que se acerca a un santo descubre en él el colmo de la bondad y la pureza, cubierto por un velo de humildad que lo hace aún más atrayente. Hay que hacer un esfuerzo para descubrir las proezas de sus renuncias, de su ascetismo y de su amor por la gente, pero su grandeza impresiona por la sensación de la bondad, sencillez, humildad y pureza que se desprenden de él. Su elevación coincide con su proximidad. Él es la imagen de la grandeza tanto en la kenosis como en la humildad. De la persona del santo irradia una calma y una paz que nada quebranta, conquistadas y conservadas gracias a una dura lucha. Al mismo tiempo, el santo comparte hasta las lágrimas, los dolores de los demás.

Hieromonje Diego Flamini del Monasterio de la Transfiguración de Cristo


El santo está enraizado en la permanencia del amor y el sufrimiento del Dios hecho carne, porque este amor emana de Dios que se ha encarnado y ha sufrido por los hombres. El santo reposa en la eternidad del poder y la bondad de Dios que se han vuelto en Cristo accesibles a la humanidad, dice San Máximo el Confesor, porque el santo, todo él, está marcado por la presencia de Dios, como Melquisedec. No obstante, este permanecer en el amor eterno de Dios y de los hombres no excluye su participación en los sufrimientos de los hombres y en sus buenas aspiraciones, al igual que Cristo no cesa de estar en estado de sacrificio por ellos, ni los ángeles dejan de ofrecer continuamente sus ministerio; porque esta permanencia en el amor que sufre es también una eternidad, una eternidad viva. Ese es el "reposo", la estabilidad, el "sabbat" en el que entran los santos, los que salieron del Egipto de las pasiones (Hb 3, 18-4,11). No se trata del "sabbat" insensible del nirvana, porque el reposo del santo en la eternidad del amor inquebrantable, del amor de Dios por los hombres, tiene también el poder de atraer a los demás y de ayudarles así a vencer sus sufrimientos con valentía, a no sucumbir y no desesperar. Por esto, el santo es la vanguardia y el sostén de la humanidad sobre el camino que lleva a la perfección futura del Último Día.

El santo triunfa sobre el tiempo precisamente por estar intensamente presente en el tiempo. Alcanza así, la máxima semejanza con Cristo, que está en los cielos y a la vez entre nosotros con gran eficacia. Por la salvación de la humanidad, el santo lleva a Cristo con el poder invencible de su amor.

El santo representa al ser humano purificado de las escorias de lo infrahumano o de lo inhumano, es la rectificación del ser humano desfigurado por la animalidad. Representa al ser humano cuya transparencia, restaurada, deja ver su modelo de bondad sin límite, de fuerza y sensibilidad infinitas: El Dios hecho carne. Es la imagen restaurada del Absoluto vivo y personal que se ha hecho hombre. Se ha transformado en una montaña, vertiginosamente alta y al mismo tiempo familiarmente cercana por su humanidad, que en Dios encuentra su perfección. Es una persona comprometida en un diálogo incesante y totalmente abierto con Dios y con los demás. Es la clara transparencia de la aurora de la eterna luz divina en la que la humanidad alcanzará su perfección. Es el reflejo integral de la humanidad de Cristo.



(Dedico esta tercera y última parte de esta serie de publicaciones sobre la santidad a mi padre espiritual, en quien veo reflejado gran parte de lo que describen. Dios lo bendiga)

Extraído de "Oración de Jesús y Experiencia del Espíritu Santo", Dimitru Staniloae, Ed.Narcea.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Dimitru Staniloae: TERNURA Y SANTIDAD. Parte II: Los santos siempre confortan

San Máximo el Confesor dice que los santos han llegado a la simple y pura sencillez porque han superado en sí mismos toda dualidad, toda duplicidad. Han superado la lucha entre alma y cuerpo, entre las buenas intenciones y las obras que en realidad se hacen, entre las apariencias engañosas y los pensamientos ocultos, entre lo que se pretende ser  y lo que en realidad se es.

Se han simplificado porque se han entregado totalmente a Dios. Ésta es la razón por la que pueden darse enteramente a los hombres. Si en sus relaciones con los demás a veces evitan hablar de las faltas por su nombre, lo hacen para no descorazonarles y también para que en ellos aumente el pudor, la delicadeza, el discernimiento, la sencillez y la sinceridad.

Los santos siempre confortan. Por eso a veces reducen las proporciones exageradas con que las personas imaginan la talla de su defectos, sus pecados y sus pasiones. Les alzan de la desesperación o de la impotencia total en la que se sienten sumidas, pero también reducen el orgullo de los demás haciendo uso de un delicado humor. Sonríen, pero no lo hacen sarcásticamente ni explotan en carcajadas. Se muestran serios ante actos inmorales o pasiones condenables, pero no atemorizan.

Dan un valor infinito a los más humildes, porque el Hijo de Dios, al hacerse carne, dio este infinito valor a todo ser humano. Como dicen en sus textos algunos Padres espirituales, ven a Cristo en cada hombre. No obstante, rebajan el orgullo de los demás mostrándose como ejemplos de humildad. De este modo restablecen continuamente la igualdad natural entre todos.

Vladika Venedykt Alexijchuk

Por su humildad, el santo pasa totalmente desapercibido, pero se hace presente cuando se necesita su apoyo, consuelo o ánimo, y está cerca de quien todos abandonan. Para él no existe ninguna dificultad insuperable ni ningún obstáculo invencible, cuando se trata de sacar a alguien de una situación desesperada. En esas ocasiones muestra una fuerza y una habilidad sorpendentes, junto a una calma y una confianza inquebrantables, porque cree firmemente en el auxilio de Dios, al que pide constantemente y ora.

Es el ser más humano y el más humilde, pero al mismo tiempo es una persona excepcional y sorprendente. Suscita en los demás el sentimiento de haber descubierto en él y en los otros a través de él, lo que es verdadera humanidad.

Ésta humanidad estaba de tal manera recubierta por lo artificial, por la voluntad de parecer en lugar de ser, que cuando se descubre sorprende como si fuera algo que no es natural. El santo es el más afable de los hombres y al mismo tiempo impone sin querer. Es el que más llama la atención y el que más respeto infunde. Se convierte en un íntimo para todos y cada uno, es el que mejor comprende, con quién se está a gusto, pero al mismo tiempo quien nos hace sentir incómodos porque nos hace ver las carencias morales y los pecados que no queremos reconocer.

Nos colma con la sencilla grandeza de su pureza y con la calidez de su bondad y su atención, pero nos causa vergüenza cuando vemos nuestro nivel moral tan bajo, por haber desfigurado la humanidad, ser impuros, artificiales, tan llenos de dobleces y de mezquindad. Todo eso adquiere un relieve tremendo desde la comparación que involuntariamente establecemos entre él y nosotros mismos.

El santo no domina a la manera terrena; no da órdenes con severidad. Tampoco nosotros le criticamos, ni sentimos nacer en nuestro corazón oposición alguna contra él, porque el santo nos hace concreta la persona de Cristo, a la vez tierno y poderoso, y por eso no nos escondemos de él ni esquivamos su rostro, aunque quizá prefiriéramos uno que nos diera órdenes con severidad, porque en él sentimos una firmeza irreductible, una total identificación de su persona con el bien, aunque esta firmeza en las convicciones, en la vida, en las opiniones y en los consejos, sea una firmeza sin crispación.

Por eso, las opiniones y consejos que expresan con ternura sobre lo que debemos hacer, por su carácter paradójico, se convierten en órdenes más imperiosas que cualquier precepto terreno, órdenes por las que se es capaz de hacer cualquier esfuerzo y sacrificio con tal de cumplirlas; porque la ternura del santo es a la vez firmeza y bondad. Ambas emanan de Dios y dejan trasparentar la bondad divina que, con una autoridad absoluta, se impone en la dulzura.



Extraído de "Oración de Jesús y Experiencia del Espíritu Santo", Dimitru Staniloae, Ed.Narcea.